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Aprendiz de actor

Soy Pedro Cánovas. He dedicado gran parte de mi vida a la investigación farmacéutica y he llegado al mundo de la interpretación por casualidad. En 1996, en un momento de especial intensidad profesional, mi hija me regaló para mi 55 aniversario un “Curso de iniciación-selección en el Estudio Nancy Tuñón”.

Yo no había pensado nunca ser actor… además, en aquel momento no disponía de tiempo para el curso. Por otra parte, ¿qué hacía un señor de 55 años en unas clases de teatro donde la edad de los alumnos estaba entre los 20 y los 30? El cursillo estaba pagado, de modo que hablé con el subdirector del Estudio para encontrar una solución. (¡Y que casualidad, resultó que era un  farmacéutico transformado en profesor de teatro!) Me confirmó que ya era tarde para iniciar una formación de actor en su Estudio y con su método; no obstante, me permitió que hiciera el cursillo ya que por mi perfil, podía resultarme una experiencia interesante.

En realidad, más que interesante fue una experiencia maravillosa.  Descubrí que el teatro era un mundo que me permitiría aproximarme a algunas de las vidas a las que había renunciado cada vez que tuve que tomar una decisión crucial en mi propia vida. Al final de aquel cursillo decidí que de “mayor” quería ser actor.

Pero seguí viviendo intensamente mi actividad profesional  de directivo en una empresa farmacéutica. No fue hasta cuatro años más tarde, en el 2000, que decidí que había llegado el momento de iniciar mi formación como actor. Tenía 59 años, pensé que si la vida seguía siendo generosa conmigo podía vivir 20 años más, y 20 años bien merecían un nuevo proyecto.

Volví al Estudio. Hice de nuevo el curso de iniciación-selección. Fue muy duro, esta vez no era un juego, yo quería que me admitiesen. Me admitieron. Se planteó como un reto para mí y también para el Estudio, que nunca había tenido un alumno tan mayor. Los cuatro años que duró mi formación inicial como actor fueron de una riqueza inmensa y me permitieron vivir al mismo tiempo dos mundos absolutamente alejados: el de profesional farmacéutico y el de estudiante de interpretación.

En esa situación, como farmacéutico me sentaba en el Comité de Dirección de la empresa donde trabajaba y vivía uno de los retos más interesantes de mi vida profesional: un encuentro con la FDA (Food and Drugs Administration) en Washington, (el mismo día en que se produjo la invasión de Irak), que nos podía permitir desarrollar en los Estados Unidos un analgésico que habíamos inventado.

A la vez, como estudiante de interpretación, hacía de vagabundo borracho en la plaza de Sant Felip Neri de Barcelona o volvía al pasado en un encuentro con mi joven madre a través del  carácter de Tom del “Zoo de Cristal” o ejercía el sectarismo del Reverendo Winemiler en “Verano y Humo”. También vivía el fracaso vital del Dr. Xebutiquin, el médico borracho e incompetente de las “Tres Hermanas”, sentía la oscuridad asumida de un ciego en el corto “El Túnel” o el vértigo de una apasionada declaración de amor de un Romeo de 60 a una Julieta de 20. E incluso tenía la suerte de encontrarme con el Padre Jack de “Baile de Agosto”, el personaje que podría vivir en mí si llegase al final de este nuevo proyecto de vida que ahora inicio (un viejo físicamente desvalido y casi demente, que había sabido pasar de evangelizador a evangelizado) y que ha sido uno de mis personajes más entrañables y más queridos.

Una vez abandonada definitivamente mi actividad profesional como farmacéutico, vivo intensamente la profesión de actor y contrasto la dureza que conlleva, por sus incertidumbres y ansiedades.

Un curso de entrenamiento actoral con Juan Carlos Corazza propició mi crecimiento como actor y activó en mí la necesidad de dar un nuevo impulso a mi formación. Esa necesidad coincidió afortunadamente con el inicio en España del programa de Técnica Meisner de Javier Galitó Cava, (www.meisner.es/actores), en el que ingresé en 2008 y me gradué en el 2010 tras un maravilloso, extenuante y retador proceso, que me permitió descubrir que mis limites estaban mucho más allá de lo que podía imaginar.

Paralelamente a mi trabajo profesional como actor, mi actividad como voluntario en los grupos de teatro, de la Prisión de Jóvenes de La Trinitat de Barcelona y, en los últimos años, en el DAE de Quatre Camins, ha dado otra dimensión a mi visión del mundo de la interpretación. Recuerdo mi primera entrada en la prisión, con la incertidumbre de no saber si podría controlar el pánico que mentalmente me producía la idea de que las rejas se fueran cerrando a mi espalda y que no estuviera en mis manos poder a abrirlas. Recuerdo el encuentro con los internos, su acogida amable, mis intentos para convencerles de que el teatro les podría ayudar allí dentro. Sus desconfianzas ante lo desconocido y sus miedos a la exposición y al juicio de sus propios compañeros, hicieron que olvidara mis propios miedos.

Desde ese primer día las sorpresas no han dejado de sucederse. Como cuando un preso, en su primer día de teatro, confesaba que no era capaz de aprenderse de memoria ni una sola frase. Afrontó el reto de aprenderse una frase y lo consiguió y luego aprendió otra y otra y así  hasta el monólogo entero y su timidez inicial se fue convirtiendo en confianza. Su monólogo fue unos de los mejores de nuestra primera  representación fuera de la cárcel. “Ese monólogo ha hecho más por mi autoestima que todas las sesiones de psicología”, decía. También recuerdo la mirada condescendiente  de otro preso al que trataba de animar diciéndole que ahora le venía lo mejor porque ya iba a empezar a salir; “No”, me decía, “ahora viene lo peor”. En otro reencuentro con un preso que había participado en el grupo de teatro, y que después de salir de prisión fue reingresado, le abracé con tanto ímpetu que el walkman que llevaba fue  a parar al suelo y quedó destrozado. “No te preocupes”, me dijo, “el walkman tiene arreglo, yo no”. Y aquel que en su primera salida programada, que hicimos para ir al teatro, en cuanto llegamos a la calle me  preguntó: “¿pasaremos por delante de escaparates de zapatos? ¿Me podré parar a mirarlos? ¡Me gustan tanto, y hace tanto tiempo que no veo ninguno!”.

Cuando decidí que quería ser actor, pensé que podría vivir otras vidas imaginando la vida de mis personajes. En la cárcel he descubierto que no tengo que imaginar nada, porque lo que he compartido con los presos me ha metido en sus vidas.

Siguen apareciendo nuevos personajes y la magia de vivir otras vidas continúa enriqueciendo la mía. Me gustaría que mi último personaje, la muerte, me encontrase en pie, sabiendo quien soy y le pido que cuando llegue sea diligente con su guadaña y baje el telón con un tajo limpio y seco.